jueves, 16 de noviembre de 2023

Te relato de lo acontecido...

Transcurridos días que se dibujaron ampliamente con un gesto felino
Sobre los tejados azules 
Sobre las nubes pardas 
He dejado atrás

Yo sé que la madre de Rafael murió a pesar de la vida aún potente prometida
Y cuando le vi, mencioné nunca imaginar cruzar la puerta y encontrarme aquel ataúd y aquellas flores
Yo sé de la tormenta que perseguíamos
Del frio viento que nos acobijó en el viaje hacia el cementerio
Y sé de un cielo atiborrado de humedad que nos amenazaba 
Palabras heladas sin forma ni artificio

Estas y otras cosas me han ocurrido en las ultimas tres semanas
Te pondré al tanto a medida que se me otorgue existencia.

 

miércoles, 15 de noviembre de 2023

Magnesio

Convencido
Rodeado de muertos un niño canta una melodía alcoholizada

Convencido
Apretujados los hombres en un vagón se dirigen al baile de los infelices

Convencido
Danzas antiguas en Wall street
Gargantas profundas en pulcros lupanares de la belle époque
Sedientos rostros al sur de África
A la deriva, un barco que transporta cocaína a las Américas
Ciertas señoritas de dudable reputación aprenden a leer en las escuelas los imperecederos versos de Artaud

Te necesito
Vení, colocá tus manos en mi boca y sé la palanca de mi espíritu
Vení, estoy volviéndome loco
En alguna parte del universo...
(Reprima el grito. Al final del día todo habrá terminado)
¿Y después qué?
Dijo el alma antes de suicidarse
¿Y después qué?

El cielo de los idiotas

Algunas señoritas mueven el trasero y las manos. Se levantan, le temen al frío de allá afuera. Se aprietan y respiran como si el vientre les conmocionara el oxígeno. Se miran al espejo y se preguntan si ese día moverán las manos como las otras veces, si obsequiarán la entrañable forma de su trasero sobre el parabrisas.

Semejanzas

Debiose haber metido la luna a tu boca entreabierta
Fue tu beso luminoso, extraordinario
Así de distante

lunes, 13 de noviembre de 2023

Incompletitud

La materia central del poema este ha surgido de mi corazón triste e insatisfecho
He vaciado el yogur de fresas y bananos importados en la pequeña boca de mi hijo
A lo lejos atino un sabroso olor a carne
Un envase de carbonato en penúltimas
Y el rumor de un show televisivo mexicano
Ocurre el sudor hediondo
Las murmuraciones ambulantes
El firmamento húmedo
Y la proliferación sonora de los gallos
Mientras María Panero escribe unos versos a Esther
Y me comprendo pequeño, inútil
Me siento incompleto

Tarde o temprano

Persigo un elfo que se anida en el umbral
Susurra una canción en ancestrales idiomas
Y deja entrever su melena dorada cenicienta
Le he visto surgir de la noche a trenzar mis equinos
Y tocar las piernas tersas de mis pequeñas

Voy a encontrar al maldito, tarde o temprano.

De las hospitalizaciones

 Irving, me voy a caer, Irving, agarrame.

La noche estaba cubierta como de un polvo gris que recordaba el frío sabor del mundo
Dos sombras se diluían entre los ramajes
El enfermero me ordenó esperar mientras intervenían a David
Era una cirugía nimia, no cabía la posibilidad de una muerte inexplicable
Recuerdo haberle dicho que se enfrentara con entereza
Que lo hiciera con los huevos bien puestos
Él me había comentado que vio llorar a un adolescente cuando le mostraron los resultados: intervención quirúrgica.
Fue entonces que le advertí sobre la valentía
Aunque ambos teníamos miedo

No había quirófano disponible en el otro hospital
Nos refirieron a este, cuya existencia yo desconocía
Es un sitio deplorable, aunque no esperaba menos (¿o más?) del sistema público.
La mierda es que me encuentro en quién sabe dónde, por designio de quién sabe qué
Y el sueño me carcome despacito los párpados
Me duele la rodilla atrofiada
Y me está comenzando a dar frío

Y el viejecito este, en senil delirio, repite una y otra vez:

Irving, me voy a caer, Irving, agarrame.

domingo, 7 de enero de 2018

Manifiestos



Sobre los espejismos


Hace algún tiempo quise asesinar algunos transeúntes que caminaban pacíficos sobre la rambla. Nunca fui bueno haciéndolo, así que mi aprendizaje siempre era fluctuante. Como mi coraje no fue lo suficientemente humano, alguien más tomó mi lugar pese a mi indecible necesidad de consumarlo por mi cuenta. No quería sentirme inútil. Quería funcionar en esto que llaman vida, encajar en algo, ser importante en el puzle decisivo de nuestra especie. Pertenecer a ello no se limitaba a la moral imperante, no podía ser así. Sea que un hecho es malo o bueno, oscuro o divino, sangriento o vivificador, obtenemos un laberinto todavía más intrincado de la realidad, menos objetivo. Determinar mi naturaleza por los actos que llevo a cabo significa que debo sentirme bien o mal por ellos. Significa que debo caer rendido ante las emociones, después de todo. Significa que el arrepentimiento es un negocio igual de nocivo que el pecado. Y nunca estuve dispuesto a prostituir mi racionalidad con tales peripecias. Por otro lado, mi posición le daba sentido a aquellos que luchaban por el bienestar, nos convertía en iguales, en hermanos de sangre, esclavos de su propia ignorancia y gloria.
  Luego del incidente, millones de personas indignadas alrededor del mundo rindieron sus almas en forma de plegarias para que los culpables fuesen apresados. No podría describir la serena felicidad que ese día inundó mi pensamiento. Luego de estar sometidos en su falsa ilusión de impermeabilidad, los individuos escogen compadecerse por unas cuantas vidas que, anteriores al deceso, poco les importaban. La cuestión acá estriba en observar los hechos a la inversa. Esto es lo que veo y comprendo del mundo. Yo le doy forma a su naturaleza y ellos adornan maravillosamente la mía.
  La primera vez que noté esta inconsistencia en nuestro sistema fue cuando dos torres estadounidenses se desmoronaron estrepitosamente. Las luces de los autos iban de un lado a otro, con desespero, terror indescriptible, polvo y mugre en los retrovisores. El sonido estrambótico de los cuerpos que caen provoca una emoción mundana y natural, perfectamente humana: la dulce seguridad de no estar en el lugar del otro. El grito de una mujer se apaga antes de estrellarse contra el suelo mientras una jovencita huye espantada con las piernas recubiertas de sangre fresca. No llora por ella. Muchas son las emociones que confunden un blando cerebro adolescente, pero está segura que elegiría mil veces estar de ese lado, con sus tripas aún seguras y tibias, tibias como un día de primavera.
  Sucesos aleatorios. Masacran a cinco mil personas. Una fila de hombres siendo acribillados, gritos de guerra, una revolución justificada. Muchas serían las razones por las que me dedico a asesinar personas. Pero una brilla al fondo como una etérea esperanza: la hipocresía que nuestro lenguaje impone con estandartes y espadas. Bajo el velo, un olor nauseabundo embriaga las almas. De antemano, la sangre se derrama de los pechos no nuestros, las cabezas no nuestras, manos y pies no nuestros. Todo es del otro, los horridos padecimientos, el hambre que calcina, la sed que atormenta. Es del otro el silencio que mata, la soledad que le escarnece. ¿Bajo qué argumentos pueden condenarme? La culpabilidad nos abarca a todos, la culpabilidad es la trama de esta obra psicodélica.


miércoles, 29 de noviembre de 2017

Manifiestos



Sobre la muchedumbre


Una cuestión determinante, un subterfugio, algo más allá de las concesiones diarias, nada más que un margen necesitaría para alcanzar un estado menos monótono o fastidioso, como quieran llamarlo. Significa que de ningún modo he de dar por sentadas las situaciones que hasta ahora me han convertido en un individuo irascible. Debo aclarar, sin duda, a qué me refiero con esta modalidad de comportamiento. O haz de personalidad mediocre.
  Me atrevería a decir a qué se debe mi desmedida y excitante inteligencia, pero eso me molestaría aún más pues nada de lo que exponga ha de presentarse ante mí como verdadero. Es necesario entender este pequeño ejemplo y toda duda quedará despejada. Sí, por el contrario, surgen más interrogantes, sugiero que hagan los reinicios necesarios hasta que el paladar saboree el suave y encantador estado del descubrimiento. No sé de qué otra manera auxiliarles.
  Como decía, hace falta un poco de diversión para que mis aventuras de individuo real y posmoderno se tornen interesantes. Debe resultar clara la motivación, lo que me mueve a escribir este rudimentario experimento. A causa de un profundo resentimiento hacia las cosas dadas, con respecto a la sucesión de elementos de una sociedad globalizada y cibernética, me tomé la libertad de proponer dos o tres cosas, proposición hecha una tarde de verano, con arreboles de naftalina y magia, sobre cómo debería yo dirigir mi vida hacia eventos menos catastróficos, como el hecho de activar la alarma para llegar al trabajo a tiempo o el eventual y cínico reconcilio con los enemigos de mi soberanía humana.
  Los hechos actuales se me antojan abrumantes. Cierto es que no pedí nacer en una época específica, en todo caso, me decidiría a comentar sobre ella con un lenguaje de carácter egregio. Ya me gustaría decir algunas cosas sobre el incipiente Renacimiento o describir los enigmáticos asesinatos ocurridos una lejana noche de 1265. De esa forma, reivindicaría el espíritu de la época en cuestión y, paralelamente, mi nombre comenzaría a enviar señales al futuro. Esto es, sin duda, un escenario factible para explicar lo inexorable que es escapar de nuestra pantalla existencial. Por otra parte, vivir con esta contradicción constante me ha servido de mucho para experimentar mejor las consecuencias del entorno. En otras palabras, aprender los malabarismos posmodernos me es absolutamente imprescindible, aunque no diría que me siento orgulloso de tal ejercicio.
  Soy, pues, el resultado de lo que creo que entienden quienes piensan que el mundo es un organismo irracional. Es decir, inconscientemente o eso parece al menos, el individuo le da forma al mecanismo que es la vida y, por consiguiente, a su pequeño pero incomprensible universo, no funciona a la inversa, como debería ser, sin embargo. Quiero que pongan especial atención a esto pues es un dilema fundamental para mandarlo todo a la mierda, figurativamente, eso sí. Si provoco vuestro punto de ebullición para que os volváis distintos, diría alguien: transfiguración, entonces, con poco o mucho conocimiento del asunto, me configuro de tal forma que nuestras fronteras sean gemelas, iguales entre sí, vulgares o gloriosas, en definitiva, tal para cual. ¿Qué quiere esto decir? No importa cuánto me esfuerce, no habrá un escape de mí mismo porque ustedes son lo que creo, lo que me queda de humano, lo que sueño y entiendo de este diminuto planeta. Si mis aventuras pueden ser merecedoras de la ficción, si tengo una sola cosa que proporcione entretenimiento a vuestro espíritu, tales premisas pueden únicamente resolverse con vuestro dictamen. 
Soy vuestro dios y, por igual, vuestra excentricidad.