Una cuestión
determinante, un subterfugio, algo más allá de las concesiones diarias, nada
más que un margen necesitaría para alcanzar un estado menos monótono o
fastidioso, como quieran llamarlo. Significa que de ningún modo he de dar por
sentadas las situaciones que hasta ahora me han convertido en un individuo
irascible. Debo aclarar, sin duda, a qué me refiero con esta modalidad de
comportamiento. O haz de personalidad mediocre.
Me
atrevería a decir a qué se debe mi desmedida y excitante inteligencia, pero eso
me molestaría aún más pues nada de lo que exponga ha de presentarse ante mí
como verdadero. Es necesario entender este pequeño ejemplo y toda duda
quedará despejada. Sí, por el contrario, surgen más interrogantes, sugiero que
hagan los reinicios necesarios hasta que el paladar saboree el suave y
encantador estado del descubrimiento. No sé de qué otra manera auxiliarles.
Como decía, hace falta un poco de diversión
para que mis aventuras de individuo real y posmoderno se tornen interesantes.
Debe resultar clara la motivación, lo que me mueve a escribir este rudimentario
experimento. A causa de un profundo resentimiento hacia las cosas dadas, con
respecto a la sucesión de elementos de una sociedad globalizada y cibernética,
me tomé la libertad de proponer dos o tres cosas, proposición hecha una tarde
de verano, con arreboles de naftalina y magia, sobre cómo debería yo dirigir mi
vida hacia eventos menos catastróficos, como el hecho de activar la alarma para
llegar al trabajo a tiempo o el eventual y cínico reconcilio con los enemigos
de mi soberanía humana.
Los hechos actuales se me antojan abrumantes.
Cierto es que no pedí nacer en una época específica, en todo caso, me decidiría
a comentar sobre ella con un lenguaje de carácter egregio. Ya me gustaría decir
algunas cosas sobre el incipiente Renacimiento o describir los enigmáticos
asesinatos ocurridos una lejana noche de 1265. De esa forma, reivindicaría el
espíritu de la época en cuestión y, paralelamente, mi nombre comenzaría a
enviar señales al futuro. Esto es, sin duda, un escenario factible para
explicar lo inexorable que es escapar de nuestra pantalla existencial. Por otra
parte, vivir con esta contradicción constante me ha servido de mucho para
experimentar mejor las consecuencias del entorno. En otras palabras, aprender
los malabarismos posmodernos me es absolutamente imprescindible, aunque no diría
que me siento orgulloso de tal ejercicio.
Soy, pues, el resultado de lo que creo que
entienden quienes piensan que el mundo es un organismo irracional. Es decir,
inconscientemente o eso parece al menos, el individuo le da forma al mecanismo
que es la vida y, por consiguiente, a su pequeño pero incomprensible universo,
no funciona a la inversa, como debería ser, sin embargo. Quiero que pongan
especial atención a esto pues es un dilema fundamental para mandarlo todo a la
mierda, figurativamente, eso sí. Si provoco vuestro punto de ebullición para
que os volváis distintos, diría alguien: transfiguración, entonces, con poco o
mucho conocimiento del asunto, me configuro de tal forma que nuestras fronteras
sean gemelas, iguales entre sí, vulgares o gloriosas, en definitiva, tal para
cual. ¿Qué quiere esto decir? No importa cuánto me esfuerce, no habrá un escape
de mí mismo porque ustedes son lo que creo, lo que me queda de humano, lo que
sueño y entiendo de este diminuto planeta. Si mis aventuras pueden ser
merecedoras de la ficción, si tengo una sola cosa que proporcione
entretenimiento a vuestro espíritu, tales premisas pueden únicamente resolverse
con vuestro dictamen.
Soy vuestro dios y, por igual, vuestra excentricidad.