El cielo de los idiotas
Algunas señoritas mueven el trasero y las manos. Se levantan, le temen al frío de allá afuera. Se aprietan y respiran como si el vientre les conmocionara el oxígeno. Se miran al espejo y se preguntan si ese día moverán las manos como las otras veces, si obsequiarán la entrañable forma de su trasero sobre el parabrisas.
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