miércoles, 29 de noviembre de 2017

Manifiestos



Sobre la muchedumbre


Una cuestión determinante, un subterfugio, algo más allá de las concesiones diarias, nada más que un margen necesitaría para alcanzar un estado menos monótono o fastidioso, como quieran llamarlo. Significa que de ningún modo he de dar por sentadas las situaciones que hasta ahora me han convertido en un individuo irascible. Debo aclarar, sin duda, a qué me refiero con esta modalidad de comportamiento. O haz de personalidad mediocre.
  Me atrevería a decir a qué se debe mi desmedida y excitante inteligencia, pero eso me molestaría aún más pues nada de lo que exponga ha de presentarse ante mí como verdadero. Es necesario entender este pequeño ejemplo y toda duda quedará despejada. Sí, por el contrario, surgen más interrogantes, sugiero que hagan los reinicios necesarios hasta que el paladar saboree el suave y encantador estado del descubrimiento. No sé de qué otra manera auxiliarles.
  Como decía, hace falta un poco de diversión para que mis aventuras de individuo real y posmoderno se tornen interesantes. Debe resultar clara la motivación, lo que me mueve a escribir este rudimentario experimento. A causa de un profundo resentimiento hacia las cosas dadas, con respecto a la sucesión de elementos de una sociedad globalizada y cibernética, me tomé la libertad de proponer dos o tres cosas, proposición hecha una tarde de verano, con arreboles de naftalina y magia, sobre cómo debería yo dirigir mi vida hacia eventos menos catastróficos, como el hecho de activar la alarma para llegar al trabajo a tiempo o el eventual y cínico reconcilio con los enemigos de mi soberanía humana.
  Los hechos actuales se me antojan abrumantes. Cierto es que no pedí nacer en una época específica, en todo caso, me decidiría a comentar sobre ella con un lenguaje de carácter egregio. Ya me gustaría decir algunas cosas sobre el incipiente Renacimiento o describir los enigmáticos asesinatos ocurridos una lejana noche de 1265. De esa forma, reivindicaría el espíritu de la época en cuestión y, paralelamente, mi nombre comenzaría a enviar señales al futuro. Esto es, sin duda, un escenario factible para explicar lo inexorable que es escapar de nuestra pantalla existencial. Por otra parte, vivir con esta contradicción constante me ha servido de mucho para experimentar mejor las consecuencias del entorno. En otras palabras, aprender los malabarismos posmodernos me es absolutamente imprescindible, aunque no diría que me siento orgulloso de tal ejercicio.
  Soy, pues, el resultado de lo que creo que entienden quienes piensan que el mundo es un organismo irracional. Es decir, inconscientemente o eso parece al menos, el individuo le da forma al mecanismo que es la vida y, por consiguiente, a su pequeño pero incomprensible universo, no funciona a la inversa, como debería ser, sin embargo. Quiero que pongan especial atención a esto pues es un dilema fundamental para mandarlo todo a la mierda, figurativamente, eso sí. Si provoco vuestro punto de ebullición para que os volváis distintos, diría alguien: transfiguración, entonces, con poco o mucho conocimiento del asunto, me configuro de tal forma que nuestras fronteras sean gemelas, iguales entre sí, vulgares o gloriosas, en definitiva, tal para cual. ¿Qué quiere esto decir? No importa cuánto me esfuerce, no habrá un escape de mí mismo porque ustedes son lo que creo, lo que me queda de humano, lo que sueño y entiendo de este diminuto planeta. Si mis aventuras pueden ser merecedoras de la ficción, si tengo una sola cosa que proporcione entretenimiento a vuestro espíritu, tales premisas pueden únicamente resolverse con vuestro dictamen. 
Soy vuestro dios y, por igual, vuestra excentricidad.