Sobre los espejismos
Hace algún tiempo quise asesinar algunos transeúntes que
caminaban pacíficos sobre la rambla. Nunca fui bueno haciéndolo, así que mi
aprendizaje siempre era fluctuante. Como mi coraje no fue lo suficientemente
humano, alguien más tomó mi lugar pese a mi indecible necesidad de consumarlo
por mi cuenta. No quería sentirme inútil. Quería funcionar en esto que llaman
vida, encajar en algo, ser importante en el puzle decisivo de nuestra especie.
Pertenecer a ello no se limitaba a la moral imperante, no podía ser así. Sea
que un hecho es malo o bueno, oscuro o divino, sangriento o vivificador,
obtenemos un laberinto todavía más intrincado de la realidad, menos objetivo.
Determinar mi naturaleza por los actos que llevo a cabo significa que debo
sentirme bien o mal por ellos. Significa que debo caer rendido ante las
emociones, después de todo. Significa que el arrepentimiento es un negocio
igual de nocivo que el pecado. Y nunca estuve dispuesto a prostituir mi
racionalidad con tales peripecias. Por otro lado, mi posición le daba sentido a
aquellos que luchaban por el bienestar, nos convertía en iguales, en hermanos
de sangre, esclavos de su propia ignorancia y gloria.
Luego del incidente, millones de personas
indignadas alrededor del mundo rindieron sus almas en forma de plegarias para
que los culpables fuesen apresados. No podría describir la serena felicidad que
ese día inundó mi pensamiento. Luego de estar sometidos en su falsa ilusión de impermeabilidad,
los individuos escogen compadecerse por unas cuantas vidas que, anteriores al
deceso, poco les importaban. La cuestión acá estriba en observar los hechos a
la inversa. Esto es lo que veo y comprendo del mundo. Yo le doy forma a su naturaleza
y ellos adornan maravillosamente la mía.
La primera vez que noté esta inconsistencia
en nuestro sistema fue cuando dos torres estadounidenses se desmoronaron estrepitosamente.
Las luces de los autos iban de un lado a otro, con desespero, terror
indescriptible, polvo y mugre en los retrovisores. El sonido estrambótico de
los cuerpos que caen provoca una emoción mundana y natural, perfectamente
humana: la dulce seguridad de no estar en el lugar del otro. El grito de una
mujer se apaga antes de estrellarse contra el suelo mientras una jovencita huye
espantada con las piernas recubiertas de sangre fresca. No llora por ella.
Muchas son las emociones que confunden un blando cerebro adolescente, pero está
segura que elegiría mil veces estar de ese lado, con sus tripas aún seguras y tibias,
tibias como un día de primavera.
Sucesos aleatorios. Masacran a cinco mil
personas. Una fila de hombres siendo acribillados, gritos de guerra, una
revolución justificada. Muchas serían las razones por las que me dedico a
asesinar personas. Pero una brilla al fondo como una etérea esperanza: la
hipocresía que nuestro lenguaje impone con estandartes y espadas. Bajo el velo,
un olor nauseabundo embriaga las almas. De antemano, la sangre se derrama de
los pechos no nuestros, las cabezas no nuestras, manos y pies no nuestros. Todo
es del otro, los horridos padecimientos, el hambre que calcina, la sed que
atormenta. Es del otro el silencio que mata, la soledad que le escarnece. ¿Bajo
qué argumentos pueden condenarme? La culpabilidad nos abarca a todos, la
culpabilidad es la trama de esta obra psicodélica.
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