Debiste haberlo dicho. Hubiese podido comprenderlo. Tenías que decir al menos que mis intransigencias te quitaban las ganas de enfrentarte a otro día, que mis ataques de paranoia te hacían tanto daño y que de ninguna manera tolerabas mi desconfianza. No tenías porqué guardar silencio. Si la oscuridad te dejaba a ciegas, si la música ta aturdía tanto como lo hacían mis maniáticas costumbres, debías haber escapado desde el principio, debías haberte apresurado. Pero seguiste. Te agazapaste en mi existencia, no pediste permiso, no era necesario. Querías intentarlo a pesar de todo. Querías convencerte que si me amabas te reconciliarías con el mundo, y no solo con el mundo. En el fondo, todo esto fue un juego. Jugabas a quemar los recuerdos con mis trivialidades. Jugabas a olvidar. A olvidarlo. No sé porqué nunca lo aceptaste. Si lo extrañabas tanto. Creo que ya no es necesario decir que noche a noche me ovillaba en la cama y me sentía culpable. Te separé de lo único que te mantenía viva. Y aunque sé que era tu decisión el continuar con esto, también por las noches te recriminabas el no haber sido lo suficientemente fuerte para recuperarlo. Porque te quería a su manera. Sabías que eso bastaba, pero no soportaste la idea de que no se entregara tal y como vos lo hacías. Querías una especie de éxtasis cuando te miraba. Probablemente lo ofreció en varias ocasiones, solo que fuiste incapaz de darte cuenta. Y todo por lo mismo, porque necesitabas lo sacrificado. No sé porqué tienes la afanosa idea de que todo te ha de ser devuelto tal y como lo obsequiaste. Amor, el mundo no funciona así.
Nunca fuiste mía. Te lo dije el día que él te llamó para encontrarse contigo. Me dijiste que si insistía tanto era porque quería sexo, que no estabas dispuesta a seguir siendo la estúpida que se entregaba sin reparos. No sabes cúanto me dolió ser el motivo por el cual no corriste a sus brazos esa tarde. Porque no me bastó tu pretexto. No lo hacías porque te dolía en verdad. Lo hacías por mí. Todo era por mí. Quise decirte que te dejaba libre para que lo buscaras; pero no pude. No pude porque a esas alturas estaba perdidamente enamorado de vos. No pude porque ya no podía seguir este camino sin vos. Exactamente sin vos. Y porque soy un cobarde egoísta.
(Ese día tenía un extraño sabor en mi garganta. Encendí un cigarrillo y me acerqué a la ventana. La gente iba de un lado a otro. El sol, luminoso, se elevaba lentamente sobre un viento policromo. Él estaba dormido. Escuchaba su respiración. Sonreí como una niña tonta. Es bonita esta extraña libertad. Me gustaba que el humo se evaporara entre las hojas del árbol más cercano. Lo bueno es vivir sin culpas. Lo decidí y ya. Eso fue todo. Las consecuencias son todo menos sus brazos, el vapor de esos días incipientes, la cadencia de sus pulmones. Es todo, menos él. Y él es todo lo que necesito)
No hay comentarios:
Publicar un comentario